Otra declaración lingüísticamente controvertida oída durante la visita del papa de la que se nos quejó un seguidor fue una en la que se empleaba la omnipresente expresión sin palabras a modo de adjetivo aplicado a uno de los actos: «¡Ha sido sin palabras!». Vale que se hayan extendido hasta la saciedad expresiones como «No tengo palabras» o «Estoy sin palabras» con valor ponderativo —reflejo literal de la falta de vocabulario de la que adolece la sociedad—, pero que haya pasado a usarse sin palabras de esa manera es ya la caraba, lamentaba el afectado.
Es normal que una fuerte impresión nos deje sin palabras. Le pasa a Penélope en la Odisea cuando vuelve Ulises (para lo que Homero usa el adverbio griego áneō ‘en silencio, sin hablar’), y así se queda, «tan turbado que no podía responder palabra», el vizcaíno al ponerle don Quijote «la punta de la espada en los ojos» y decirle que se rindiese o que le cortaría la cabeza. Y, sin necesidad de ir tan lejos, el otro día, al enterarse Carlos del Amor de que había ganado el Premio Nacional de Periodismo Cultural 2026, tuiteó: «Sin palabras. Gracias, gracias y más gracias».
En el Diccionario del español actual se recoge sin palabras con el significado de ‘sin poder hablar’ y se aclara que se usa «frecuentemente en construcciones como dejar sin palabras o quedarse sin palabras, para ponderar sorpresa, susto o admiración». Y no es raro que una secuencia de preposición y nombre pase a emplearse como locución adjetival, es decir, que funcione como un adjetivo. Como explica la gramática de la RAE, es algo muy habitual con la preposición de (de perros, de rechupete…), pero también hay con a (a rayas), con en (en forma) e incluso con sin, como en sin igual o sin par (también simpar): «la sin par Dulcinea». No supone, pues, simplificando mucho, una aberración gramatical decir «Ha sido sin palabras» en referencia a un acto, por muy extraño que resulte (si no es en la interpretación de que los que tenían que hablar en él permanecieron mudos).
El problema como siempre es el abuso y observar una muestra más de la dejadez que se está adueñando de los hablantes. Al margen de que se podría haber usado inefable (o inenarrable, inexpresable, indescriptible…) para decir lo mismo, pero mostrando algo de cuidado y mimo por la lengua, no cabe duda de que nos estamos acostumbrando —es verdad que los nervios y la timidez pueden traicionar— a que la lengua sea lo sacrificado en nuestra atareada vida: nos saltamos palabras, recurrimos a las más sencillas, repetimos como loros las de otros… Reservamos el tiempo y el esfuerzo mental para otras muchas cosas. Y no nos importa saber que la simpleza en la lengua es simpleza en el pensamiento y que empezamos diciendo que algo fue sin palabras y acabamos quedándonos sin ellas y no siendo capaces de expresar —y, por tanto, entender— lo que sentimos.
No es cuestión de volvernos eruditos cuando hablemos para la tele, pero sí se pueden aprovechar estas evidencias claras de que estamos tocando el fondo (como diría Celaya) o de que nos vamos a la mierda (como dirían otros menos finos) para convencernos de que hay que esmerarse cada día en hablar con riqueza y precisión. Si no, es poco probable que nos lleguemos a quedar sin palabras realmente, pero no es difícil que las que tengamos acaben siendo insuficientes.